Enclavado en las laderas del Monte Benacantil, a las faldas del castillo de Santa Bárbara, se encuentra el barrio más genuino y antiguo de la ciudad de Alicante. En este lugar, ayer, donde en época musulmana se localizaba la medina, nacieron las primeras calles alicantinas: el Carrer de Dalt, el Carrer de Baix y el Carrer del Mig. Hoy, en una ciudad moderna de grandes edificios y bloques llegamos a un remanso de paz y sosiego con aires de pueblo de sierra del sur de la península. Estamos ante un barrio que conserva el alma mediterránea con sus calles de piso empedradas, empinadas, angostas y enrevesadas, plenas de recovecos, donde casi siempre su único acceso lo representan las escalinatas, aptas solo para caminantes de calzado cómodo.
Antaño fue un humilde arrabal de pescadores y de trabajadores del puerto, caracterizado por las difíciles condiciones de vida de sus habitantes, por su inaccesibilidad y sus deficientes servicios públicos, higiénicos y sanitarios. Sus casas bajas, irregulares, originales y encaladas, colocadas a un lado y otro de la vía, decoradas con mosaicos de colores y macetas de flores donde el geranio domina y el aroma penetrante del jazmín se hace presente. Son habituales las ventanas enrejadas, los diminutos balcones con balaustrada de color negro, farolas, además de las antiguas persianas de madera o caña y cuerda. Se dejan ver elementos identitarios que conviven en armonía como: enseñas nacionales, banderas de la Comunidad Valenciana, la combinación del blanco y el azul de las macetas que representan la bandera de la ciudad de Alicante o mantones de Manila. Las vistas desde diversos miradores repartidos por el barrio resultan espectaculares; la simbiosis del punto desde donde contemplamos, con la luz y el azul del mar lo hacen posible. El mirador principal se encuentra en la parte superior junto a la ermita, una cruz lo preside, un poco más arriba el parque de la Ereta y más alto aún, el molo del severo castillo vigilante, abajo toda la ciudad con su puerto, plazas, monumentos, palmeras, etc.

No debemos olvidar la revitalización que ha sufrido el barrio, en otro tiempo: abandonado, olvidado e incluso peligroso; en la actualidad se ha convertido en un sitio de obligada visita turística, donde se mezclan cafés, pequeños restaurantes y encantadoras tiendas que nos permiten pasar una agradable jornada. Igualmente, los insomnes pueden respirar tranquilos, ya que se puede gozar de la vida nocturna; los locales no cierran hasta altas horas de la madrugada ofreciendo gran animación, bebidas variadas, ambiente diverso y música en directo.

Otro aspecto que engrandece al barrio, es su carácter espiritual. El sitio lleva el nombre de su santuario, la ermita de Santa Cruz, se trata de una antigua mezquita adaptada a capilla católica, que fue erigida bajo el reinado del rey Carlos IV, aunque el edificio con la localización actual data del año 1830. Su estado actual llega gracias a una importante restauración realizada a mediados del siglo XX. El templo guarda en sus puertas tres de las imágenes de la Hermandad de la Santa Cruz: El Descendimiento, situado en el centro de la capilla junto con el Cristo de Medinaceli, además de la Virgen de los Dolores. El Miércoles Santo tiene lugar una de las más impresionantes y emocionales procesiones de la Semana Santa alicantina, las imágenes son llevadas desde la ermita cuesta abajo por los costaleros con gran maestría entre las estrechas calles del vecindario, mientras el abundante público se arremolina contra las fachadas de las casas, ante el poco espacio existente. La emoción existente durante la procesión presenta la relación afectiva entre los habitantes del barrio y sus adoradas figuras de devoción.

Otro momento festivo se sitúa entre finales de abril y principios de mayo. Los habitantes de Santa Cruz engalonan los rincones de sus vías con cruces, flores y diversos adornos. Se organiza un concurso de cruces para elegir la más bella. En esos días, el bullicio se adueña de sus calles con bailes, juegos tradicionales, conciertos y otras atracciones.

Sin lugar a dudas, el barrio de Santa Cruz representa probablemente uno de los elementos más puros e invariables de Alicante, un pueblo dentro de una ciudad de nuestros tiempos; algo que no rompe con lo antiguo, sino que lo cuida y respeta.